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Ser una mujer PAS cuando el mundo te pide que seas menos

Foto del escritor: Anaïs Lladró
Anaïs Lladró
27 may
4 min de lectura

Actualizado: 25 jun



Aprender que no tenía que endurecerme fue una de las formas más profundas de aceptarme.


Hay algo curioso que sucede cuando eres una mujer altamente sensible.

Antes de continuar, quizá vale la pena explicar qué significa PAS.

PAS es el acrónimo de Persona Altamente Sensible, un rasgo de personalidad descrito por la psicóloga Elaine Aron en los años noventa.

Se estima que aproximadamente entre el 15% y el 20% de la población posee este rasgo.

Y no, no es una enfermedad

No es un trastorno.

No es un diagnóstico.

Tampoco significa ser frágil ni vivir llorando por los rincones.


Significa que el sistema nervioso procesa la información de manera más profunda que el promedio.

Las personas PAS suelen percibir más detalles del entorno, procesar las experiencias con mayor intensidad, ser muy empáticas, notar cambios sutiles en las personas y sentirse más afectadas por el exceso de ruido, estrés o estimulación.

Dicho de una forma más sencilla:

•Es como si el volumen de la vida estuviera un poco más alto.

•No porque inventemos cosas.

•Porque percibimos más.

Y cuando percibes más, también procesas más.

Por eso muchas personas PAS necesitan momentos de silencio para recargarse, valoran las conversaciones profundas, suelen ser muy observadoras y tienen una gran capacidad para conectar emocionalmente con otras personas.

Durante años pensé que esa forma de ser era un defecto.

Hoy la veo como una característica que explica muchas partes de quién soy.

La mayoría de las personas no ve cómo experimentas el mundo. Solo ve el resultado.

Ven que notas cosas que otros no notan. Que haces preguntas profundas.

Que pareces percibir cambios sutiles en el ánimo de quienes te rodean.

Que a veces necesitas silencio.

Que no siempre disfrutas los lugares llenos de ruido o las conversaciones que se quedan en la superficie.


Y entonces llegan las etiquetas.

Que piensas demasiado.

Que analizas todo.

Que deberías relajarte.


Durante mucho tiempo pensé que quizá tenían razón.

Porque cuando eres diferente, es fácil asumir que eres tú quien está equivocada.

Yo siempre he sido observadora. Mucho antes de saber que existía algo llamado Persona Altamente Sensible. Desde niña había cosas que percibía y que no siempre sabía explicar. Entraba a un lugar y sentía cuando había tensión. Podía notar cuando alguien estaba triste aunque sonriera. Detectaba cambios en el tono de voz, en una mirada o en la forma en la que alguien respondía un mensaje.

Y durante años pensé que eso era normal para todo el mundo.

Hasta que descubrí que no.

Con el tiempo entendí que hay personas que procesamos la información de una forma más profunda. No mejor. No peor. Distinta.

Y cuando finalmente encontré el término PAS, sentí algo que no esperaba: alivio.


No porque necesitara una etiqueta.

Porque por primera vez entendí que no había nada que arreglar.

Ser PAS no significa llorar por todo ni vivir en una montaña rusa emocional.


Significa que tu sistema nervioso recibe más información del entorno y la procesa con más profundidad. Significa que los estímulos, las emociones, las experiencias y las relaciones suelen dejar una huella más profunda.

Quizá por eso nunca me han interesado demasiado las relaciones superficiales.

Siempre he preferido una conversación honesta a veinte intercambios vacíos.

Prefiero las personas que hablan de lo que sienten, de lo que les preocupa, de lo que sueñan, de lo que les duele.


Me cuesta conectar desde la máscara.

Y aunque eso me ha llevado a sentirme fuera de lugar más de una vez, también me ha permitido construir vínculos que realmente significan algo para mí.

Ser PAS también implica algo que pocas veces se menciona.


El cansancio.

Porque percibir mucho también consume energía.

Hay días en los que no estoy cansada por lo que hice.

Estoy cansada por todo lo que procesé.

Por todas las conversaciones.

Por todos los estímulos.

Por todas las emociones que atravesaron mi día.

Por eso necesito espacios de silencio.


Por eso disfruto tanto estar sola.

No porque no ame a las personas.

Porque necesito volver a mí.

Durante mucho tiempo me juzgué por eso.

Pensaba que debía ser más sociable.

Más extrovertida.

Más ligera.

Más parecida a quienes parecían moverse por la vida sin cuestionarse tanto las cosas.

Pero con los años entendí que no necesito convertirme en alguien más para sentirme válida.

Necesito respetar la forma en la que estoy hecha.

Y quizá esa ha sido una de las lecciones más importantes de mi vida.

Porque crecer siendo una mujer sensible muchas veces implica aprender a defender partes de ti que otros intentan corregir.


Aprender a confiar en tu intuición cuando te dicen que estás exagerando.


Aprender a escuchar tu cuerpo cuando te pide una pausa.


Aprender a poner límites aunque los demás no los entiendan.


Aprender a no reducirte para que otros se sientan más cómodos.

Hoy ya no me disculpo tanto por ser como soy.

No me disculpo por necesitar profundidad.

No me disculpo por emocionarme con una historia bien contada.

No me disculpo por llorar con una canción.

No me disculpo por escribir artículos largos cuando podría decir lo mismo en dos párrafos.

No me disculpo por sentir.

Porque la sensibilidad también tiene regalos.

Es la razón por la que conecto profundamente con mis hijos.

Por la que disfruto tanto escribir.

Por la que encuentro belleza en detalles que otros pasan de largo.

Por la que puedo escuchar más allá de las palabras.

Por la que sigo creyendo que la empatía es una de las formas más poderosas de transformar el mundo.

Durante años pensé que tenía que volverme más dura.

Hoy creo algo muy distinto.


Creo que el mundo no necesita que las personas sensibles aprendan a sentir menos.


Creo que necesita más personas capaces de detenerse, observar, escuchar y conectar de verdad.

Y después de tantos años intentando entenderme, hay algo que finalmente puedo decir con tranquilidad:

No soy demasiado sensible.

Simplemente experimento la vida de una manera distinta.

Y sinceramente, no cambiaría eso por nada.

 
 
 

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