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La otra cara de la resiliencia.

Foto del escritor: Anaïs Lladró
Anaïs Lladró
27 may
4 min de lectura

Actualizado: 25 jun

Cuando ser fuerte durante demasiado tiempo también tiene un costo.


Hoy no quiero escribir sobre resiliencia.

No quiero hablar de aprendizaje, de crecimiento personal ni de cómo las crisis terminan convirtiéndose en oportunidades.

Hoy quiero hablar de la otra cara.

Lo que casi nadie muestra.

La que no aparece en las frases inspiradoras, en los libros de autoayuda ni en las historias de superación que tanto nos gusta compartir cuando la tormenta ya pasó.


Quiero hablar de la cara del cansancio.

Del agotamiento.

De los días en los que una no quiere rendirse, pero tampoco tiene fuerzas para seguir empujando.

Hoy me despierto y no quiero levantarme de la cama.

Mi cuerpo pesa.

Mi espalda duele.

Y siento una tristeza extraña atrapada en algún lugar de mi pecho, quiero llorar, necesito llorar. Pero las lágrimas no salen.

Y creo que esa es la parte que más me desconcierta.

Porque cuando una ha llorado tantas veces en la vida, llega a pensar que las lágrimas siempre estarán ahí para ayudar a liberar lo que duele.

Sin embargo, hay momentos en los que el cansancio es tan profundo que ni siquiera eso sucede.

Solo queda una sensación de vacío.

De saturación.

De estar harta.

A veces las personas ven la versión de mí que resuelve.

La que encuentra la manera.

La que sigue adelante incluso cuando las circunstancias no son fáciles.

La mujer que cuida a sus hijos.

La que cumple.

La que sostiene.

La que parece poder con todo.

Lo que no siempre se ve es el costo de ser esa mujer.

El costo de atravesar un divorcio mientras intento reconstruirme.

El costo de vivir sin una tiroides.

Porque muchas personas creen que la historia termina el día de la cirugía.

Como si una vez retirado el cáncer todo volviera a la normalidad.

Pero la realidad es que no.

La realidad es aprender a habitar un cuerpo distinto.

Es depender de una pequeña pastilla cada mañana para realizar una función que antes mi cuerpo hacía por sí solo.

Es intentar encontrar una dosis que me permita sentirme bien y descubrir que no siempre es tan sencillo.

Es preguntarme constantemente si el cansancio que siento es emocional, hormonal o simplemente la consecuencia de años sosteniendo más de lo que una persona debería cargar sola.

Es escuchar que me veo bien cuando por dentro siento que estoy librando una batalla silenciosa.

Porque hay síntomas que nadie ve.

La fatiga.

La niebla mental.

Los cambios de energía.

La sensación de estar funcionando a medias algunos días.

La frustración de saber que estoy haciendo todo lo que debo hacer y aun así no sentirme como antes.

Y lo más difícil no es explicárselo a los médicos.

Lo más difícil es explicárselo a las personas que te quieren.

Porque desde fuera parece que todo está bien.

Porque sigo apareciendo.

Sigo cuidando a mis hijos.

Sigo escribiendo.

Sigo trabajando.

Sigo sonriendo en las fotos.

Y entonces es fácil pensar que estoy bien.

Pero una cosa es seguir funcionando.

Y otra muy distinta es sentirse bien.

Hay días en los que las personas preguntan:

”¿En qué te ayudamos?”

Y aunque agradezco profundamente la intención, a veces no necesito soluciones.

No necesito que alguien arregle mi vida.

No necesito consejos.

No necesito que me recuerden todo lo que he superado.

Necesito algo mucho más simple.

Necesito sentirme comprendida.

Necesito poder decir “hoy no puedo” sin sentir que tengo que justificarlo.

Necesito poder decir “estoy cansada” sin que alguien me recuerde que siempre estoy cansada.

Necesito poder decir “me siento mal” sin tener que demostrar que mi dolor es real.

Porque la verdad es que sí.

Llevo mucho tiempo cansada.

Y no hablo únicamente de un cansancio emocional.

Hablo del cansancio de una mujer que ha tenido que adaptarse una y otra vez a versiones distintas de sí misma.

De una mujer que ha aprendido a seguir adelante incluso cuando su cuerpo no siempre acompaña.

De una mujer que muchas veces continúa por amor a sus hijos, por responsabilidad o simplemente porque la vida no se detiene.

Hay cansancios que se curan con descanso.

Y hay otros que se acumulan durante años.

Silenciosamente.

Hasta que un día despiertas, quieres llorar y ni siquiera las lágrimas salen.

Y entonces entiendes que lo que duele no es solo el día de hoy.

Es todo lo que llevas cargando desde hace mucho tiempo.

Hoy me doy cuenta de que estoy cansada de explicar mi cansancio.

Cansada de justificar por qué hay días en los que no puedo con todo.

Cansada de sentir que necesito argumentos para demostrar que mi agotamiento es legítimo.

A mis casi treinta y ocho años todavía hay momentos en los que siento que debo presentar evidencia para que alguien valide cómo me siento.

Como si decir “no estoy bien” no fuera suficiente.

Como si el dolor necesitara una explicación detallada para ser merecedor de comprensión.

Y la verdad es que no.

Hay días en los que una simplemente está harta.

Harta de ser fuerte.

Harta de sostener.

Harta de entender a todo el mundo.

Harta de seguir empujando cuando el cuerpo pide descanso.

No escribo esto desde el drama.

Tampoco desde la derrota.

Lo escribo desde la honestidad.

Porque durante mucho tiempo pensé que la resiliencia era aguantar.

Seguir.

Resistir.

No detenerme.

Hoy creo que la resiliencia también puede verse diferente.

Puede ser reconocer que algo pesa demasiado.

Puede ser aceptar que no siempre puedo con todo.

Puede ser dejar de fingir que estoy bien cuando no lo estoy.

Puede ser pedir comprensión en lugar de seguir demostrando fortaleza.

Y puede ser, simplemente, permitirme decir la verdad.

Que hoy estoy cansada.

Que hoy me duele.

Que hoy estoy harta.

Porque hay días en los que una mujer no necesita que le recuerden lo fuerte que es.

Hay días en los que simplemente necesita dejar de serlo por un momento.

Y tal vez esa también sea la otra cara de la resiliencia.


 
 
 

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