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Aprendí a elegirme.

Foto del escritor: Anaïs Lladró
Anaïs Lladró
27 may
4 min de lectura

Actualizado: 25 jun

La decisión más importante de mi vida no fue elegir una carrera, una ciudad o una pareja. Fue aprender a no volver a abandonarme a mí misma.


Hay una frase que escuchamos constantemente:

“Tienes que aprender a elegirte.”

Y durante mucho tiempo pensé que sabía exactamente lo que significaba.

Creía que elegirme era ser independiente.

Poder sola.

No necesitar a nadie.

Resolver mis problemas sin ayuda.

Seguir adelante aunque estuviera cansada.

Pero con los años descubrí que estaba equivocada.

Porque elegirse no tiene nada que ver con demostrar fortaleza.

Tiene que ver con dejar de abandonarte.

Y yo me abandoné muchas veces.

Me abandoné cuando me quedé más tiempo del que debía en lugares que me hacían daño.

Me abandoné cuando guardé silencio para evitar conflictos.

Me abandoné cuando puse las necesidades de todos por encima de las mías.

Me abandoné cada vez que intenté convencerme de que algo estaba bien cuando en el fondo sabía que no lo estaba.

Lo curioso es que desde fuera parecía una mujer fuerte.

Y lo era, lo soy

Pero una cosa es ser fuerte y otra muy distinta es estar bien.

Durante años sobreviví.

Sobreviví a situaciones que jamás imaginé vivir.

Sobreviví a pérdidas.

A decepciones.

A la incertidumbre.

A momentos en los que sentía que la vida me estaba pidiendo más de lo que tenía para dar.

Y como muchas mujeres, me volví experta en seguir funcionando aunque estuviera rota, agotada y necesitara ayuda, porque cuando eres mamá, cuando eres responsable de tantas cosas, cuando todos dependen de ti, aprendes a seguir adelante incluso cuando ya no sabes de dónde estás sacando fuerzas.

Hasta que un día el cuerpo habla.


Te pasa factura

La mente habla.

La vida habla.

Y te obliga a escuchar.


A mí me tomó tiempo entender que no podía seguir construyendo mi vida alrededor de lo que los demás necesitaban de mí.

Que también tenía que preguntarme qué necesitaba yo.


Qué me hacía bien.

Qué me daba paz.

Qué me hacía sentir vista.

Y fue ahí donde empezó el verdadero aprendizaje.

Porque elegirme no significó dejar de amar a los demás.

Significó empezar a amarme también a mí.

Significó dejar de justificar ausencias.

Dejar de minimizar mis necesidades.

Dejar de conformarme con menos de lo que sé que necesito para sentirme tranquila dentro de una relación.

Significó entender que la empatía no puede existir únicamente en una dirección.

Que comprender a los demás es maravilloso, pero comprenderme a mí también es una responsabilidad.

Aprendí que puedo querer mucho a alguien y aun así reconocer que no me está dando lo que necesito.

Aprendí que puedo entender las razones de una persona sin ignorar el efecto que sus acciones tienen en mí.

Aprendí que el amor no debería sentirse como una lucha constante por ser vista, escuchada o tomada en cuenta.

Y quizás la lección más difícil de todas fue entender que elegirme también implica decepcionar personas.

Porque cuando dejas de ceder siempre, cuando empiezas a poner límites, cuando dices “esto no me hace bien” o “esto no es suficiente para mí”, algunas personas se incomodan.

Pero eso no significa que estés haciendo algo mal.

Significa que estás dejando de desaparecer.


Hoy sigo siendo una mujer sensible.

Sigo siendo una mujer que ama profundamente.

Sigo creyendo en las segundas oportunidades.

Sigo creyendo en la bondad de las personas.

Pero ya no a costa de mí misma.


Ya no al precio de mi paz.

Ya no sacrificando mi bienestar para sostener algo que debería sostenerse entre dos.


Aprendí a elegirme cuando entendí que mi vida no necesita ser rescatada por nadie.

Que no necesito que alguien venga a completarme.

Que no necesito demostrar mi valor para merecer amor.

Y que la relación más importante que voy a tener durante toda mi existencia es la que tengo conmigo.

Por eso hoy me elijo.

Me elijo cuando descanso.

Me elijo cuando pongo límites.

Me elijo cuando digo que no.

Me elijo cuando me alejo de lo que me lastima.

Me elijo cuando dejo de perseguir lo que no me está eligiendo de vuelta.

Y aunque todavía hay días en los que se me olvida, ya conozco el camino de regreso.

Porque después de todo lo vivido entendí algo que cambió mi vida por completo:

Elegirme no me hizo perder personas.

Me ayudó a dejar de perderme a mí.


Y quizás de eso se trata crecer.

No de volverte más dura. No de dejar de creer en el amor, en las personas o en los nuevos comienzos.

Se trata de aprender a caminar por la vida sin abandonarte en el proceso.

De entender que tu paz merece un lugar en cada decisión que tomas.

De recordar que no tienes que perseguir lo que es para ti, ni convencer a nadie de tu valor, ni hacerte más pequeña para que otros se sientan cómodos.


Porque el día que aprendes a elegirte, algo cambia para siempre.


Dejas de vivir esperando ser elegida y empiezas a construir una vida que tú misma eliges, todos los días.

Y desde ahí, curiosamente, todo se vuelve más sencillo.


Porque cuando finalmente te tienes a ti, ya no aceptas perderte por conservar a nadie.


 
 
 

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